Empresas que resignifican
7 de enero de 2026
Por: Angie Paola Giraldo Naranjo, Carlos Mario Ardila Arias, Luisa Fernanda Zapata Ochoa, Julieth Sorany Ocampo Toro, Maria José Conde Pasos

La experiencia Nasa en el Cauca es paradigmática. Coca Nasa nació “como un proyecto que busca la paz entre una planta llena de estigmas” y que “apuesta a la paz desde el reconocimiento de los pueblos indígenas”, reivindicando el uso tradicional de la coca y frenando impactos del narcotráfico.
Su portafolio prueba la diversidad de usos: ungüentos de coca y marihuana; aceites herbales; un elixir que “refuerza el sistema inmunológico” y “alivia dolores crónicos”; geles fríos (Coca Cure); aromáticas; y bebidas como Coca Ron, Aguardiente Wallinde y Coca Pola, además de harinas y galletas ricas en antioxidantes y proteínas.
Este catálogo es una estrategia cultural-productiva que consolida identidad y empleo local. Es, además, una respuesta directa al llamado de Majbub a “impulsar que la hoja de coca no es una planta mala” y reconocer derechos de quienes la cultivan.
En paralelo, Café Sativa, empresa pereirana, combina café de alta calidad con hemp (cáñamo) para atenuar efectos indeseados de la cafeína (ansiedad, nerviosismo) y sumar beneficios como mejoría del sueño, reducción de inflamación y soporte para dolor crónico. Su propósito declarado: “devolverle el respeto y el honor que se merece la planta de cannabis” desde la ancestralidad y la salud.
Por su parte, ANUTEA es otro ejemplo de resistencia empresarial, a pesar de los retos normativos que enfrenta la industria en Colombia, esta empresa ha logrado mantenerse en el mercado de exportación, enviando la flor con fines medicinales a países como Suiza, República Checa entre otros. Su flor de alta calidad les ha permitido destacarse en un ambiente competitivo. Además, han generado un impacto social en la vereda donde se ubica su cultivo, que alberga más de 10.000 plantas, brindando oportunidades laborales a los adultos mayores, resignificando el cannabis como una planta ligada al cuidado y al arraigo rural.
Diego, uno de sus fundadores, señala que trabajar con cannabis sigue siendo un desafío por las exigencias regulatorias, especialmente para poder obtener el INVIMA. Su trayectoria ha dejado en evidencia una industria golpeada por la caída de más del 90% de las licencias otorgadas en el país, ANUTEA, como ellos mismos afirman que conforman parte del pequeño grupo de “sobrevivientes” que siguen cultivando, exportando y creyendo en el potencial del cannabis colombiano.
Los tres casos de éxito anteriormente mencionados ilustran cómo la resignificación ocurre cuando la cadena completa, siembra, transformación, narrativa y mercado, se alinea con cultura, salud y desarrollo local. Son negocios, sí; pero más que eso, son pedagogías vivas: cada etiqueta, cada receta y cada historia desafía el prejuicio.
El cáñamo industrial y la economía verde
La transición ecológica necesita fibras, bioplásticos, materiales de construcción y bioinsumos de menor huella. En ese mapa, el cáñamo industrial destaca como alternativa sólida para una economía verde y sostenible en Colombia, como argumenta el documento académico “El cáñamo industrial en Colombia es la mejor alternativa para una Economía Verde y Sostenible”.
Aunque el texto académico merezca un desarrollo técnico propio (rendimientos por hectárea, rotaciones, captura de carbono, usos en textil y biocomposites), su tesis se alinea con lo que señalan el médico y los emprendedores: el cannabis (en su variante industrial) no solo es medicina o recreación; es también industria limpia, con potencial de encadenamientos rurales, si las reglas del juego no excluyen a pequeños productores.
Incorporar cáñamo a políticas de bioeconomía permitiría, además, ampliar el menú de sustitución productiva y agregar valor fuera de las zonas donde hoy se concentra la coca. Pero el cómo importa: si la regulación privilegia semillas patentadas y licencias inaccesibles, el “verde” puede volverse otra barrera de entrada para el campo. Ahí, de nuevo, la advertencia de Majbub sobre soberanía de semillas es crucial.
Resignificar no es romantizar
Majbub insiste en que regular usos lícitos es necesario, pero no suficiente frente a la violencia. “No nos podemos quedar ahí”: las nuevas configuraciones del conflicto y las gobernanzas armadas se atan a quién controla economías de cocaína y marihuana; es “economía política”, no solo “economía cash”.
La lección es doble. Primero, cambiar el estatus legal de una planta puede habilitar mercados saludables, pero no resuelve automáticamente las disputas de poder que capturan rentas ilícitas. Segundo, centrar a las comunidades, campesinas, indígenas y afros, en el diseño regulatorio es la mejor vacuna contra la captura: compras públicas, licencias asequibles, cooperativismo, trazabilidad y formación técnica permiten que la transición ocurra “con” y “para” los territorios.
Un marco ético y práctico para la resignificación
1. Reconocer la pluralidad de usos. Como recuerda Quiroz, la coca es energía y la marihuana alivia ansiedad, dolor e insomnio cuando se formula con rigor; también hay prácticas espirituales y rituales que merecen respeto.
2. Diferenciar planta de sustancia ilícita. Lo dijo Majbub con sencillez potente: la planta no es “mala” por esencia; es la ilegalización y ciertos intereses lo que genera estigma y criminalización extendida a culturas y economías.
3. Poner estándares de calidad y salud pública. La resignificación gana legitimidad cuando hay farmacopeas, INVIMA, dosificación, vigilancia y educación del paciente, como insiste el médico. En veterinaria, la práctica de Vásquez refuerza la necesidad de receta y ajuste por tolerancia.
4. Blindar la soberanía de semillas y el acceso. Evitar regulaciones hechas a la medida de grandes capitales y asegurar el acceso a licencias, crédito y asistencia técnica para pequeños y medianos. La advertencia sobre las semillas “homologadas” y los costos de entrada está sobre la mesa.
5. Aprender de quienes ya lo hacen. Coca Nasa y Café Sativa muestran que la transformación es posible y rentable sin renunciar al arraigo cultural ni a la innovación.
Resignificar la coca y la marihuana debe ser un cambio de enfoque que exige historia (para entender cómo llegamos al estigma), economía (para construir alternativas viables), salud (para usar con evidencia y estándares), cultura (para reconocer prácticas ancestrales) y gobernanza (para que las reglas sirvan a los territorios). En palabras del profesor Alba, la coca, para el campesino, “es agricultura”, una actividad con tiempos, riesgos y decisiones racionales; si no hay puentes reales hacia mercados lícitos competitivos, es injusto pedirle que renuncie a su sustento.
Y en el plano simbólico, vale recordar la intuición de Majbub: las plantas son plantas. En ese reconocimiento básico, libre de demonizaciones, puede empezar una política que, por fin, trate a la coca y al cannabis como lo que son: recursos vivos capaces de tejer salud, cultura, trabajo y paz, si la sociedad decide abrirles el espacio que por siglos se les negó.






