Entre cunas vacías: voces y cifras de la caída de la natalidad en Colombia
No siempre los silencios hablan de ausencia, pero el de las cunas vacías sí. Colombia vive un cambio silencioso: menos nacimientos, más años de vida, y una pregunta que flota entre las calles ¿quién sostendrá el mañana?
9/12/2025
Por: Maria Paulina Gonzalez Marín, Juan Diego Jiménez Calle, Luciana Pérez Jiménez y Yorleny Mildrey Paneso Cartagena.
Camina conmigo unos minutos: escucha por un momento a tu alrededor, el ruido de los carros que se mezcla el zumbido del metro que pasa vigoroso entre las calles de la ciudad, en aquel puesto de arepas ubicado en Manrique, una mujer habla por teléfono mientras arrulla a un niño en la cadera. Esa escena, tan cotidiana y normal, hoy parece menos común que antes. Colombia está teniendo menos hijos; Según el Banco Mundial, la tasa de fecundidad en Colombia ha pasado de aproximadamente 2,5 hijos por mujer en el año 2000 a cerca de 1,6 en 2024. Además, la tasa de fecundidad específica ha disminuido significativamente, pasando de 69 nacimientos por cada 1.000 mujeres en 2014 a aproximadamente 39 nacimientos en 2023.
La historia de Adriana María Gil Escobar, una abuela nacida en 1961, contrasta esa escena con el mundo donde ella creció. “La maternidad en mi época […] era algo que se esperaba en todas las mujeres, como por decencia y cultura”, recuerda, evocando una Medellín donde la maternidad era un destino compartido. Su vida giraba alrededor de reuniones familiares, apoyo fraternal y una religiosidad cotidiana que reforzaba la idea de que tener hijos era lo natural. “Cada ocho días íbamos a misa y luego a almorzar en la casa de mis papás”. Su testimonio muestra un tiempo donde la maternidad estaba anclada en comunidad y tradición, no en aspectos económicos.
Pero lo más profundo se siente en los cuerpos: en los silencios que dejan las cunas vacías. Los números no mienten, el pulso demográfico es claro: la tasa de fecundidad total de Colombia cayó hasta niveles que promedian alrededor de 1.6 hijos por mujer en los últimos datos internacionales (Según world Bank Group), una cifra que coloca al país por debajo del reemplazo generacional. Eso se traduce en menos nacimientos. El gobierno y el DANE registraron caídas notables en el total de partos: para 2024 las cifras reportadas por fuentes oficiales/os del Ejecutivo rondan los 445.011 nacimientos, con descensos anuales de 14,5% en algunos conteos preliminares y una tendencia persistente desde la década pasada.
Según el sociólogo Jaider Otálvaro, esta caída responde a una transformación social profunda que ha cambiado las expectativas reproductivas: “El aumento de nivel educativo, particularmente la mujer, su inserción masiva al mercado de trabajo […] la cobertura del sistema de salud, y la ampliación de servicios anticonceptivos en la población como política pública.” Explica que la vida urbana exige tiempos distintos, prioridades nuevas y una autonomía femenina que antes no existía. Para él, Colombia se alinea con la transición demográfica de otros países de la región, donde la modernidad ha traído menos hijos y más proyectos personales.
¿Por qué antes se tenían más hijos y ahora no?
La respuesta necesita capas. En la superficie están factores estructurales: urbanización, mayor escolaridad femenina, incorporación de la mujer al mercado laboral formal e informal, acceso ampliado -aunque desigual- a métodos anticonceptivos, y la decisión consciente (o forzada por la economía) de demorar la maternidad. Todo esto junto reduce la tasa esperada de hijos por mujer. La evidencia y los análisis académicos y técnicos lo confirman: la transición demográfica colombiana está alineada con patrones observados en otros países de la región.

Para Ana Paulina Quintero, psicóloga del área de la salud, la explicación económica pesa más que cualquier análisis demográfico: “Hay personas que quieren tener hijos, pero […] ya dicen que no porque la vida está muy costosa o porque lo que decía anteriormente ya las pautas de crianza con los niños son mucho más complicadas.” Afirma que hoy la decisión de ser madre o padre se cruza con la estabilidad laboral, el acceso a vivienda y la salud mental. “El proyecto de vida que tienen establecido es básicamente centrarse en ellos mismos […] estudiar, trabajar y enfocarse en sus metas y objetivos”.
Por otra parte, Santiago Calle, ex-trabajador de la Gobernación de Antioquia y enlace directo de atención a población LGBTI, menciona que la caída de la natalidad también refleja una transformación profunda en la idea de familia. Explica que hoy existen dinámicas que antes no se reconocían: “Ya hay familias diversas: niños con dos papás, dos mamás, algunos adoptados o relaciones de mujeres que una tiene su hijo, lo crían entre las dos y forman una familia.” Para él, este cambio no habla de rechazo a la maternidad, sino de su redefinición. Señala que las decisiones reproductivas ya no están marcadas por la obligación religiosa o social: “Mi mamá fue una mujer que no tuvo la oportunidad de decidir, la criaron de esa forma antigua, que le decían que tenía que casarse, tener hijos y ahora la mujer es profesional, trabajadora, muy independiente, y tiene todo el derecho a decidir.” Desde su experiencia, la modernidad abrió posibilidades que antes no existían, y con ello surgió una forma distinta de pensar la continuidad familiar.
Testimonio de Luz Marina Rojas
Pero debajo de esos macrofactores hay voces que cuentan el costo humano. La historia de Colombia no es solo vencedora de la modernidad: incluye episodios de violencia reproductiva durante el conflicto armado, donde mujeres y niñas vivieron maternidades impuestas -embarazos por violencia sexual, abortos forzados o anticoncepción aplicada sin consentimiento- y dejaron testimonios que la Comisión de la Verdad y organizaciones de derechos han recogido. Helena, por ejemplo, es un nombre que aparece en esos relatos: fue reclutada siendo niña y sufrió violencias reproductivas en el marco del conflicto; su historia, como la de muchas otras, destapa cómo el cuerpo femenino fue campo de batalla y de decisiones ajenas. Estos detalles permiten entender que la historia de la natalidad también incluye coerción, no sólo elección.
El sacerdote y psicólogo William Montoya complementa esta mirada desde la tradición católica: “Antes las familias estaban dispuestas a recibir los hijos que Dios les diera.” Sostiene que la maternidad se entendía como un compromiso espiritual y cultural, no como un proyecto individual. Critica la tendencia actual a reemplazar hijos por mascotas: “Los hijos perrunos o gatunos nunca serán hijos, serán animales; criaturas de Dios, pero nunca hijos. Es una forma como las parejas de hoy en día han hecho para evadir esa responsabilidad.” Desde su experiencia familiar —creció en un hogar con trece hermanos— considera que el cambio responde a una nueva concepción de hogar donde la comodidad y la autonomía pesan más que la continuidad familiar.
Hay otra línea de testimonios -menos espectacular pero igual de importante-: mujeres que narran el cansancio cotidiano de parir y criar en contextos de precariedad. No es solo la violencia de guerra; es la maternidad empujada por la pobreza, por la falta de redes de apoyo, por la ausencia de políticas que permitan conciliar trabajo y crianza. Se evidencia en informes de organizaciones de la sociedad civil y en estudios académicos que hablan de maternidades que no fueron elegidas libremente, y del efecto epitelial que eso deja en la vida laboral, emocional y de salud de las mujeres.
Al mismo tiempo, la reducción de los embarazos adolescentes, que es otra realidad compleja, ha empujado hacia abajo algunos números: las políticas de salud sexual y reproductiva -como la Ley 1622 de 2013 y el artículo 6 de la Ley 823 de 2003-, la educación y campañas de prevención han incidido en una caída de la natalidad entre las adolescentes, aunque la mejora es desigual por regiones y estratos sociales. No es una victoria completa; es una mezcla: menos nacimientos adolescentes, pero también una baja general que plantea preguntas sobre cómo se sostienen poblaciones y cómo se distribuyen el apoyo y las oportunidades.

Estefanía Dávila
Misionera de Lazos de Amor Mariano

Santiago Calle
Enlace directo de atención a población LGBTI

Ana Paulina Quintero
Psicóloga del Área de la Salud
Estefanía Dávila, misionera de Lazos de Amor Mariano, ve este panorama con preocupación espiritual: “-Antes- las personas creían que cada hijo era un regalo de Dios y que formar familia grande ni siquiera era una carga, sino una bendición.” Opina que hoy el miedo al compromiso, la búsqueda de comodidad y el enfoque en el éxito personal han desplazado el valor de la vida como don. “El mundo de hoy, el moderno, nos ha llevado a centrarnos más en el éxito personal, en la comodidad, en el dinero, en la estabilidad emocional, en la libertad económica y menos en el don de la vida.” Su reflexión apunta a que la caída de la natalidad no solo es sociológica, sino también una señal de pérdida de propósito común.
Sin embargo, también existen voces jóvenes que se mantienen abiertas a la maternidad. Ana Toro, creadora de contenido digital, afirma con convicción: “Sí me gustaría tener hijos. Yo creo que todas las mujeres en algún momento o en el fondo de nuestro corazón, contamos con esa ilusión.” Pero reconoce que no es una decisión ligera: “Lo importante es tener estabilidad emocional, económica y psicológica.” Para ella, la diferencia entre generaciones se reduce a oportunidades: “Antes podían dedicarse solo a criar. Ahora todos estamos más enfocados en nuestros proyectos.” Resume la caída de la natalidad en una frase sencilla: “Aunque mucha gente tiene muchos sueños y mucha gente quiere salir adelante, las oportunidades son cada vez más pequeñitas.”.
En el país de las montañas donde antes las cunas eran muchas y las risas llenaban los patios, hoy el silencio de los apartamentos pequeños habla de otro tipo de sueño: el de sobrevivir, estudiar, planear, esperar… y a veces, decidir no parir. Para Otálvaro, ese silencio anticipa un reto social profundo: “Tendremos que replantear el sistema pensional y aprender a valorar más a los adultos mayores.” Advierte que Colombia enfrentará un rápido envejecimiento, lo que exigirá transformar la forma en que se distribuyen los recursos y se sostiene la vida colectiva.