Trabajos después de la muerte, dignidad humana hasta el final
En Colombia existen 1.175 funerarias, 871 cementerios, 79 parques cementerios y 42 compañías de previsión exequiales.
1 de mayo de 2026
Por: Manuela Herrera Marín; Samuel Joya Acevedo; Sofía Correa Franco; Yhon Anderson González Goyeneche; Salomé Ángel García.
En 2025 el DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística) confirmó que en Colombia alrededor de 776 personas fallecen al día, lo que dejó como resultado para ese año alrededor de 238.378 defunciones no fetales. Lo que nos deja como incógnita esto es, ¿Quiénes son esas personas que acompañan estas defunciones en el diario vivir?

Fotografía: Yhon Anderson González Goyeneche para Sextante Digital.
En Colombia, el sector funerario y forense está compuesto por alrededor de 13.121 trabajadores cuya vocación exige fortaleza emocional, ética y un profundo respeto por la vida, incluso cuando esta ha terminado. Cumplen una labor profundamente humana: aquellos que acompañan, gestionan y dignifican la muerte.
Doula de muerte
Según el proyecto educativo Seremos mariposas, es un profesional no médico relativamente nuevo en Colombia. Acompaña el final de la vida con empatía, ayuda a cerrar ciclos, escucha miedos y facilita despedidas de los seres queridos. Su trabajo abre espacios para trasmutar el duelo con mayor serenidad.
La Cata M Cruz es una doula de muerte especializada en migrantes, creadora de la red latino americana de acompañamiento en muerte y duelo, o comunidad de la muerte. Cata enseña que “acompañar la muerte también es aprender a vivir en comunidad. Y tal vez, a no tenerle miedo a lo que no podemos controlar”. En Colombia, existen En Colombia, existen fundaciones para resignificar el duelo.
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El embalsamador
A través de la tanatopraxia y la tanatoestética prepara el cuerpo para su despedida, cuidando tanto la salubridad como la imagen final que quedará en la memoria de los seres queridos.
En el siguiente audio, Marcela López de Mesa, embalsamadora de la ciudad de Medellín, comparte su experiencia desde la distancia de su oficio, relatando cómo transcurren sus jornadas, los desafíos que enfrenta y el significado que encuentra en su trabajo. Su testimonio permite acercarse a una realidad que rara vez se narra, pero que cumple un papel esencial en los procesos de despedida y memoria.
El cuidador de cadáveres
En morgues y funerarias, garantiza que los procesos de conservación se cumplan adecuadamente. Es esencial para mantener el cuerpo en condiciones dignas y seguras, evitando riesgos sanitarios, asegurando el respeto y el descanso de cada cuerpo que habita en este lugar sagrado.
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Fotografías de izquierda a derecha: ¿Qué es una Doula de la muerte?; La casta del embalsamador de los soldados del Ejército Nacional; Mi homenaje a los tanatopractores, héroes del adiós que merecen nuestro reconocimiento.
El sepulturero
Cumple una de las tareas más antiguas de la humanidad: dar sepultura. Su trabajo no solo implica esfuerzo físico, sino también una conexión directa con los rituales culturales y el significado simbólico del descanso final. Según El Tiempo, es un trabajo poco valorado, por lo que no cuentan con condiciones dignas de trabajo ni con un salario justo, el cual eligen los contratistas.
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El guardián del cementerio
Vela por la tranquilidad de estos espacios. En silencio, protege lugares cargados de memoria, asegurando que permanezcan como sitios de respeto, recogimiento y recuerdo.


Fotografías de izquierda a derecha: Samuel Joya Acevedo para Sextante Digital; Revista El Estornudo: alergias crónicas.
Armonía en medio de la muerte
Donde el viento apenas se atreve a rozar las bóvedas de cemento, trabaja Luis Fernando Herrera, un hombre que lleva seis años conviviendo con la muerte.
Llegó por accidente, como quien se equivoca de camino y termina quedándose. Un reemplazo cualquiera que se volvió en su rutina, oficio y, de algún modo, un propósito. Desde entonces, sus días transcurren entre el aseo de los jardines y la precisión de los actos mortuorios como sellar bóvedas, mover cajones, limpiar rastros de lo que otros prefieren no ver. Porque aquí, dice, no solo se entierra a los muertos, también se administra todo lo que dejan atrás.

Luis habla sin rodeos. Para él, la muerte no es misterio, sino un proceso. Cuatro años: el tiempo exacto en que un cuerpo se convierte en memoria tangible antes de pasar a un osario o a cremación. No hay espacio para supersticiones. Mientras otros ven sombras o presencias, él ve descuido: basura acumulada, rincones olvidados donde según su propia teoría se instala lo que la gente llama “mala energía”.
Su rutina empieza a las ocho de la mañana y termina a las cinco de la tarde, de jueves a martes. Los miércoles descansa y aunque el cementerio, de algún modo, nunca lo hace del todo. Aquí, entre martillos, palustres y camillas y cemento, Luis sostiene una idea simple: alguien tiene que hacer este trabajo. Porque sin él, dice, el mundo sería un lugar más caótico que triste.
No es indiferente al dolor, pero aprendió a habitarlo sin dejar que lo consuma. Se mantiene neutral, aunque a veces el llanto de las familias lo atraviesa. Recuerda que su labor no es sentir por ellos, sino sostener el orden en medio del duelo.
Sin embargo, en medio de lo que muchos llamarían un lugar oscuro, Luis insiste en encontrar belleza. La limpieza, el cuidado, la tranquilidad. Su objetivo no es custodiar un cementerio, sino transformarlo en un parque donde la gente pueda caminar sin miedo, donde incluso la muerte tenga un aire de paz.

Fotografías: Yhon Anderson González Goyeneche para Sextante Digital.
A veces encuentra cosas extrañas: frascos enterrados, objetos sin explicación, pequeños rastros de rituales ajenos. Los recoge sin curiosidad ni temor, los descarta y sigue. Para él, todo eso sobra. “Solo Dios”, repite, como una convicción sencilla que lo acompaña más que cualquier superstición.
Así, entre lo cotidiano y lo inevitable, Luis no le teme a la muerte. La ordena, la limpia, la respeta. Y en ese acto silencioso, casi invisible, sostiene un equilibrio que pocos notan, pero que todos, tarde o temprano, necesitarán y agradecerán.
Más allá del último adiós
Es por eso que en este Día del Trabajo, reconocer estas profesiones es también reconocer una verdad incómoda pero inevitable: la muerte forma parte de la vida cotidiana, y quienes trabajan en torno a ella sostienen un equilibrio fundamental en la sociedad. Su labor no solo es necesaria, sino profundamente digna y humana.
Porque más allá del último adiós, hay manos que cuidan, acompañan y honran. Y eso también es trabajo.